Esta historia puede ubicarse en cualquier ciudad del mundo, en cualquier época y dimensión humana. Es una historia de tantas, que quizás conocemos, de un amigo, un familiar, un conocido de la calle. En Palestra conocemos muchas de estas historias, de estos hermanos, de estos niños Dios.Pero... tiene una enseñanza, pretende despertar en nosotros un sentimiento no pasajero, que perdure en el tiempo y que nos haga revisar constantemente nuestro mirar y accionar con el projimo, con el medio muerto de la parábola. Es también la historia de Jesús y de su nacimiento.
Ayer vi al Malagueño... estaba revisando los contenedores de basura de un restaurante de la calle Alcalá. Me dice que ya no están en Tirso. El ayuntamiento quiere otra imagen y ellos deben de esconderse… No importa dónde ni en qué condiciones: no es cuestión de pensar en ellos…en su novia que está embarazada, que duerme en la calle, que se droga… Eso no importa. Lo importante es que no se les vea.
Me dice que mi amigo Lolo con el que he pasado tantas noches, está en la cárcel. En la calle nunca se pregunta: está en la cárcel y punto. Pero, ¡qué pasa! Me resisto: Lolo es mi amigo. La última vez que le vi me dijo “¡Ojalá no nos volvamos ver!”, con la esperanza puesta en salir de la calle, de la autodestrucción. Los cuentos de hadas existen en la calle pero no son comunes, ...es más normal que la vida te caiga encima.
Me decido a llamar a una compañera muy amiga de Lolo, que cambió de turno hace un año. Me dice que está en Soto del Real (una cárcel). A ella sí le pregunto: “No, no David. Se metió en un centro para desintoxicarse del alcohol. Pero ya sabes que allí hay que dar los datos y debía de tener algo pendiente…”. La verdad que ya fastidia que, después de años en la calle, cuando decides salir te quieran complicar más la vida.
A Lolo le conocí hace más de dos años en Tirso de Molina. Vivía en un coche con María, mujer castiza de sesenta y tantos, con muchos años en la calle y un desgaste enorme, provocado por el alcohol y la calle.
Lolo la cuidaba como a una compañera… como a una madre… aguantando sus borracheras, sus bajones, sus resfriados, sus penas. Todo el invierno estuvieron juntos, al final Lolo la consiguió convencer para entrar en un centro.
Luego vino Antonio (el Vasco), que se deterioró mucho. También le convenció para salir de la calle. Y a Fernando (el pintor), que tiene cuadros en alguna galería madrileña… también lo sacó.
Luego vino Antonio (el Vasco), que se deterioró mucho. También le convenció para salir de la calle. Y a Fernando (el pintor), que tiene cuadros en alguna galería madrileña… también lo sacó.
No digo que Lolo sea un santo: no lo es. Pero como él me dijo: “si yo me voy ¿quien va a cuidar a esta gente?”. Imagino que a esa gente le da igual que esté Lolo o no.
En la calle llega un momento donde o decides salir o la situación se deteriora tanto que sales a la fuerza (para recuperarte un poco y volver otra vez). Lo peor se lo llevan los crónicos, los constantes, los “lolos” como les llamo yo… que ya no tienen más casa que la calle (…y ahora la cárcel, y luego no se sabe…).
Las luces en la calle no dejan de recordarnos lo distinto de estos días. Y los "sin techo", como a todos los que la vida se les rasgó en algún momento, recuerdan, sienten y añoran más que nunca el calor de ese hogar perdido, de esas relaciones estables que aún les abrigan en las noches de frío invierno.
Intuyo que María, José y el niño vivieron esa añoranza, ese frío, ese miedo de ver que no había posada, que no tenían techo.
Las luces en la calle no dejan de recordarnos lo distinto de estos días. Y los "sin techo", como a todos los que la vida se les rasgó en algún momento, recuerdan, sienten y añoran más que nunca el calor de ese hogar perdido, de esas relaciones estables que aún les abrigan en las noches de frío invierno.
Intuyo que María, José y el niño vivieron esa añoranza, ese frío, ese miedo de ver que no había posada, que no tenían techo.
Y esa fue la decisión de un Dios hasta ahora todopoderoso, que dejó todo y se hizo como uno de tantos, se hizo un sin techo.
Por David Saiz, SJ
Por David Saiz, SJ