Sugerimos que se lea la lectura de Mateo 13, 24-43 y acompañar con esta reflexión:
La vida está llena de pequeñeces. Lo de cada día es insignificante, intrascendente, difícilmente fotografiable y publicable.
Se confunde con la monotonía, lo gris, lo improductivo, lo despreciable. No es noticia.
La noticia se reserva a los hechos extraordinarios, en cierto modo, desordena desencajando la vida. La atención de los medios de comunicación está centrada en los grandes acontecimientos, los logros o quiebras de la vida e historia de individuos o grupos.
Cuando prestan atención a lo cotidiano, lo hacen dándole carácter de extraordinariedad ineludible.
A pesar de todo eso, habría que llegar a descubrir la grandeza de lo cotidiano; debería haber cada semana un noticiero para:
- Amas de casa o padres de familia, para hijos que tienen el horizonte nublado.
- Para estudiantes o trabajadores, para ciudadanos sin relevancia social, política, económica.
Y que se les propusiera en la pantalla:
- La utopía de descubrir y aceptar la grandeza de su vida oculta.
- La transcendencia de su intrascendencia, la riqueza de su pobreza o de su austeridad.
Tal vez habría menos frustraciones y decrecería el número de neuróticos. Porque si examinamos en profundidad nuestro ser de humanos, debemos reconocer, paradójicamente, que casi todas las cosas grandes, que nos hacen vivir y soñar, son pequeñas.
La amistad, la comida familiar, el estudio, la reunión de Comunidad, la conversación con los vecinos, las mateadas, las visitas a los “viejos” amigos.
El amor o el encuentro con los otros son la plataforma del más grande de los sueños: la felicidad.
Aspiración común que se consigue a base de cosas pequeñas, aparentemente intrascendentes. Sólo quien está atento a esas insignificancias, pasa inexorablemente por la experiencia profunda de lo cotidiano.
Lo verdaderamente grande no es lo espectacular, confundimos grandeza con espectáculo, como si la vida fuera una función de circo.
La vida está llena de pequeñeces. Lo de cada día es insignificante, intrascendente, difícilmente fotografiable y publicable.
Se confunde con la monotonía, lo gris, lo improductivo, lo despreciable. No es noticia.
La noticia se reserva a los hechos extraordinarios, en cierto modo, desordena desencajando la vida. La atención de los medios de comunicación está centrada en los grandes acontecimientos, los logros o quiebras de la vida e historia de individuos o grupos.
Cuando prestan atención a lo cotidiano, lo hacen dándole carácter de extraordinariedad ineludible.
A pesar de todo eso, habría que llegar a descubrir la grandeza de lo cotidiano; debería haber cada semana un noticiero para:
- Amas de casa o padres de familia, para hijos que tienen el horizonte nublado.
- Para estudiantes o trabajadores, para ciudadanos sin relevancia social, política, económica.
Y que se les propusiera en la pantalla:
- La utopía de descubrir y aceptar la grandeza de su vida oculta.
- La transcendencia de su intrascendencia, la riqueza de su pobreza o de su austeridad.
Tal vez habría menos frustraciones y decrecería el número de neuróticos. Porque si examinamos en profundidad nuestro ser de humanos, debemos reconocer, paradójicamente, que casi todas las cosas grandes, que nos hacen vivir y soñar, son pequeñas.
La amistad, la comida familiar, el estudio, la reunión de Comunidad, la conversación con los vecinos, las mateadas, las visitas a los “viejos” amigos.
El amor o el encuentro con los otros son la plataforma del más grande de los sueños: la felicidad.
Aspiración común que se consigue a base de cosas pequeñas, aparentemente intrascendentes. Sólo quien está atento a esas insignificancias, pasa inexorablemente por la experiencia profunda de lo cotidiano.
Lo verdaderamente grande no es lo espectacular, confundimos grandeza con espectáculo, como si la vida fuera una función de circo.
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Jesús amaba lo cotidiano y lo pequeño: las flores, los pájaros, la amistad, la comida, los niños, los pequeños e insignificantes de este mundo. El creía en la fecundidad de lo pequeño.
Y cuando quiso hablarnos de Dios y de su Reino decía: "El reino de los cielos (LO MAS GRANDE) se parece a un grano de mostaza, que un hombre sembró en su campo".
Esa minúscula semilla, llega a ser un arbusto que alcanza hasta cuatro metros de altura, ofreciendo cobijo a las aves del cielo.
Luego, Jesús dice; "El reino de los cielos se parece a un puñado de levadura" que se pierde en la masa y hace que el pan resulte esponjoso y comestible.
El reino de los cielos es algo insignificante en sus inicios, pero fecundo. Con nuestra manía de grandeza, la palabra "reino" nos sugiere coronas, ropajes suntuosos, espadas, dominio, poderío, riqueza y honores.
"Los cielos", son lo inalcanzable, lo inasible, la terminal, pero nunca el comienzo o trayecto de la vida.
Hemos hecho del Reino de los cielos algo difícilmente descubrible o encontrable. O está más allá y no lo alcanzamos, o si está más acá, no lo vemos.
Y Jesús diría: ni más acá ni más allá; el Reino de los cielos está dentro de nosotros y comienza cuando se vive la vida en profundidad, hacia adentro, desde abajo y con los de abajo, vuelto a los demás.
Empieza aquí abajo con lo intrascendente, con una sonrisa, un apretón de manos, un encuentro, la amistad, la solidaridad o el amor, con la vida misma y su monotonía cotidiana.
Dejémonos de “grandezas”, de grandes acontecimiento, de grandes soluciones, de festejos espectaculares, de vidas glamourosas, de grandes “amores”...
Jesús amaba lo cotidiano y lo pequeño: las flores, los pájaros, la amistad, la comida, los niños, los pequeños e insignificantes de este mundo. El creía en la fecundidad de lo pequeño.
Y cuando quiso hablarnos de Dios y de su Reino decía: "El reino de los cielos (LO MAS GRANDE) se parece a un grano de mostaza, que un hombre sembró en su campo".
Esa minúscula semilla, llega a ser un arbusto que alcanza hasta cuatro metros de altura, ofreciendo cobijo a las aves del cielo.
Luego, Jesús dice; "El reino de los cielos se parece a un puñado de levadura" que se pierde en la masa y hace que el pan resulte esponjoso y comestible.
El reino de los cielos es algo insignificante en sus inicios, pero fecundo. Con nuestra manía de grandeza, la palabra "reino" nos sugiere coronas, ropajes suntuosos, espadas, dominio, poderío, riqueza y honores.
"Los cielos", son lo inalcanzable, lo inasible, la terminal, pero nunca el comienzo o trayecto de la vida.
Hemos hecho del Reino de los cielos algo difícilmente descubrible o encontrable. O está más allá y no lo alcanzamos, o si está más acá, no lo vemos.
Y Jesús diría: ni más acá ni más allá; el Reino de los cielos está dentro de nosotros y comienza cuando se vive la vida en profundidad, hacia adentro, desde abajo y con los de abajo, vuelto a los demás.
Empieza aquí abajo con lo intrascendente, con una sonrisa, un apretón de manos, un encuentro, la amistad, la solidaridad o el amor, con la vida misma y su monotonía cotidiana.
Dejémonos de “grandezas”, de grandes acontecimiento, de grandes soluciones, de festejos espectaculares, de vidas glamourosas, de grandes “amores”...